jueves, 25 de junio de 2015

32. UN LUGAR MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS

A Angie, a punto de cumplir los seis añitos, la naturaleza la había dotado de unos grandes y llamativos ojos verdes, además de una tez clara y pecosa que, unido a sus largos y naturales cabellos ondulados, de un color rubio intenso, hacían de ella una niña ciertamente bonita. Así mismo, tenía un carácter extrovertido y afable, por lo cual, no era de extrañar que gozara de una gran simpatía entre toda los ocupantes de la barriada de chabolas en la que vivía, siendo muy querida y protegida por todos.

Una madrugada, durante el caluroso verano del 78, Angie se despertó muy asustada. La culpa de todo, aquella horrenda pesadilla, la que, una noche sí y otra también, venía perturbando su sueño desde que diera comienzo dos años antes, al poco tiempo de que su mamá se marchara.

Después de aquel brusco despertar, muy angustiada y entre sollozos, se abrazó a su papá con todas sus fuerzas. Este, sentado sobre el pequeño camastro que le servía a la niña para dormir, la rodeó con sus brazos, tratando de serenarla y de que se sintiera protegida, aliviando, así, su dolor.

- Cariño, - le dijo - el día que tú naciste, una enorme luz brillaba en el cielo. Era una luz blanquecina e intensa, ...muy intensa. Poco a poco, de su interior, comenzaron a brotar grandes y bonitos destellos de los más diversos colores. Multitud de ellos. Todo el firmamento se llenó de puntos luminosos que se precipitaban sobre la superficie de la tierra e iluminaban cada país, cada región, cada pueblo, cada lugar. Hasta el último de sus rincones, hasta el más recóndito. Aquel día, mamá y yo, fuimos testigos de una auténtica lluvia de estrellas, de la lluvia de estrellas más bonita y real que jamás habíamos presenciado. Fue entonces cuando comprendimos, cuando supimos lo afortunados que éramos. En ese momento, llegamos al convencimiento de que contigo ya nada sería lo mismo. Tú eras un milagro. Traías lo que necesitábamos para ser felices: tu alegría, tu sonrisa, tus besos y abrazos. Todo ello daría el necesario calor y bienestar a nuestro hogar. A pesar de ser pobres, supimos que los tres, mamá, tú y yo, formaríamos el mejor de los equipos para disfrutar de la vida como una auténtica familia, como una familia de lo más dichosa.

- Papá - interrumpió Angie, ya más relajada -, ¿tú crees que mamá nos puede ver?

- Claro que si, cariño. ¡Cómo no nos va a poder ver!. A veces, durante la noche, mientras tú estás dormidita, salgo afuera y cierro por un momento los ojos. Trato de imaginarla. Pienso en ella, en lo sus palabras, en el tono de su voz, en cada uno de sus gestos, en lo coqueta que era y como le gustaba ponerse preciosa para agradarnos... Al volver a abrirlos, la veo, veo su cara. Lejos, más allá de las estrellas. Me mira con su bonita sonrisa. Tiene puesto el vestido de las ocasiones especiales. Por su aspecto, sé que es feliz. Y, ¿...sabes que?. Sé que ella, desde allá arriba, cuida de nosotros, se ocupa de que estemos bien. Es nuestro ángel guardián.

- Papá - dijo Angie, a punto de volver a quedarse dormida -, ¿mamá se hubiese ido si fuésemos ricos?

- Sí, cariño. Además, la gente rica, no necesariamente por ser rica, es feliz. Más bien lo contrario. La mayoría son muy desgraciados, aunque, ellos no lo saben. Suelen tener dos grandes preocupaciones que les mantiene ocupados todo el tiempo y les impide disfrutar de la vida: por una parte, están permanentemente pensando en el modo de acaparar más cosas, más aún de las que ya tienen, la mayoría totalmente innecesarias y, por otro, temen que alguien se las pueda quitar.

En ese momento, Tony, pues así se llamaba el papá de Angie, se percató de que su hija se encontraba plácidamente dormidita. Con esmerada delicadeza, sujetando el cuerpecillo inmóvil de la pequeña, se levantó y la tendió en el camastro, extendiendo sobre ella algunos andrajos para evitar que pasara frio.

A continuación, salió de la chabola y se refugió en un destartalado vehículo, por el que esperaba sacar algún dinero vendiéndolo como chatarra. Allí pasó varias horas, recordando con nostalgia a su esposa, sin la cual, sentía un gran vacío. ...Hasta el alba, cuando las primeras luces del día comenzaron a iluminar la barriada.

FIN