domingo, 18 de enero de 2015

28. ROZANDO LA PERFECCIÓN

Sosegadamente recostado en el confortable diván, me decidí a salvar, no sólo mi matrimonio, sino a mi familia, a luchar por Celeste, por sus obsesiones, por todos nosotros y por nuestra permanencia juntos y unidos.

- ¡Una horrenda pesadilla!, - comencé diciéndole al afamado doctor Barral - . La convivencia diaria con Celeste, a eso me refiero. Buena madre, mejor esposa, afable como ninguna, siempre entregada a causas solidarias,... Es una persona  extraordinaria, única. Hace tiempo que hubiera alcanzado un estado total de perfección, sino fuera por un pequeñísimo, pero no menos importante, detalle: sus manías. Sí,. ... eso es, sus muchas y variadas manías y obsesiones. Especialmente, con todo aquello que tiene que ver con el orden de las cosas – su orden, el que ella cree correcto - . Vuelve loco a cualquiera de los mortales, por muy noble y paciente que éste sea.

- Todo en casa - continué diciendo -, aparte de encontrarse ubicado en su justo lugar, ha de estar colocado y agrupado teniendo en cuenta su tamaño, color y forma, sin olvidarnos, por supuesto, de su orientación, un aspecto sumamente importante. Pero no sólo es obligatoria ésta correcta y precisa disposición para sus objetos personales o para los diversos utensilios generales, propios del hogar, de nuestro hogar. Igualmente, como no podría ser de otro modo, así deben encontrarse también cada una de las pertenencias de los demás miembros de la familia.

- ...Y qué decir de nuestra indumentaria. Ella es la que se encarga de adquirir el mejor y más apropiado vestuario para todos, por supuesto, de acuerdo a sus preferencias. ¿Ve usted esta camisa, doctor?. ¿Qué le parece?. De un color liso, ¿verdad?. Según ella, las prendas, todas, incluso la ropa interior, han de ser siempre así, sin cuadritos, ni rayitas, ni estampados. Esto, facilita sobremanera una mejor y más ordenada colocación en los roperos.

- Su conducta es tal que se mantiene siempre en un estado de vigilancia continua, rastreando por doquier, por si algo no está donde debería estar, ni colocado del modo acertado - según su criterio, ¡faltaría más! -.Y, ...lo peor y más lamentable: sus hijos y yo, su marido, vivimos en una situación de alerta máxima, de nerviosismo permanente, pendientes de nuestras posibles equivocaciones y descuidos, cuyo reproche por un posible error, lo tendremos más que asegurado, además de vernos en la obligación de subsanar "ipso facto" nuestro equívoco. Residimos bajo el mismo techo pero, francamente, la situación de mi familia, la considero patética. Hemos llegado a un punto en el cual nuestra existencia se ha convertido en un sinvivir. Sé que le parecerá una locura, doctor, pero nos vemos abocados al abismo. Necesitamos su ayuda, antes de que ocurra una desgracia en casa. Quiero mucho a Celeste, la amo con la más profunda de las locuras, con todas mis fuerzas, desde el primer día que la conocí pero, sinceramente, le confieso que en más de una ocasión han pasado por mi cabeza ideas que me han asustado, un tanto descabelladas, sin duda alguna, producto de la desesperación.

- Ernesto, ¿No estará usted exagerando un poco?. ¿Podría darse el caso de que le pareciese ver cosas que no son tales?. A lo largo de mi dilatada trayectoria como psiquiatra, he conocido grandes y duros dramas familiares. Pero ninguna historia se asemejaba a la suya.

- No, no, de ninguna manera, doctor. Permítame, ...permítame  que le cuente con detalle algo que le va a ayudar a  comprender perfectamente mi situación. Es muy posible que, tras oír mi relato, llegue a compadecerse de mi, a sentir verdadera lástima por la suerte que me ha venido acompañando desde hace años. Se trata de mi boda, de lo acontecido aquel dichoso y, a la vez, desgraciado día, el 15 de agosto de 1.995. Lo viví con gran angustia,  junto a los casi doscientos invitados que asistían a tal evento:

- Aquella jornada, ya debería haberme percatado de lo que me esperaba, del nuevo rumbo que estaba dando a mi vida. Al finalizar la comida, algún irresponsable, ...un insensato, sin duda, tuvo la genial ocurrencia de sugerir que nos podíamos hacer una fotografía de grupo. Es curioso, me extraña no recordar quien fue aquel desgraciado. Al menos, espero que no perteneciese a mi familia. Pues, vera usted. Como no existía en el restaurante una sala con las dimensiones  apropiadas para llevar a cabo tal empresa, decidimos salir al jardín, al aire libre. ¡Dios mío!. ¡...La que se armó!. ¡Fue horrible!. La novia, es decir, mi ya esposa, comenzó a colocar a todo el mundo. Se puede usted imaginar el desbarajuste que se originó. La edad de los comensales abarcaba desde los niños de corta edad hasta los más ancianos, que sobrepasaba ampliamente los ochenta años. Las estaturas, lógicamente, eran muy dispares y qué decir sobre la gama de colores que abarcaba el vestuario de todos nosotros, especialmente el de las féminas. Situar a cada uno en su preciso lugar, sin desentonar con el de al lado, desde luego, resultaba una ardua tarea. Pero allí estaba ella, mi Celeste, como pez en el agua, moviéndose de un lado a otro y dando órdenes a diestro y siniestro. Al prolongarse tanto en el tiempo la simple colocación, los niños comenzaron a impacientarse, a quejarse a sus padres por estar tanto rato sin poder jugar. A algunos abueletes, con problemas de próstata, sin duda, no les era posible permanecer un tiempo tan prolongado sin ir al baño, por lo que, entre espera y espera, siempre había alguien que se movía - aunque sólo fuera con objeto de estirar las piernas e intentar relajarse - ,y después, al no recordar bien cuál era su sitio,  otra vez, mi querida esposa, se veía obligada a hacer un repaso al grupo, en conjunto, para colocar correctamente al despistado.

- Total, dos horas y media. Sí,  sí,  ha oído usted bien, doctor Barral, dos horas y media tardó en situarnos a cada uno en su justo y preciso lugar.

- Al fin, cuando ya todos, con los nervios totalmente desbordados, creíamos que aquello era imposible que tuviese un buen final, destrozados,  tanto física como psicológicamente, Celeste, a voz en grito, dijo las palabras mágicas: - "ya está, no os mováis " -, y, a continuación, ordenó al sufrido fotógrafo sacar la laboriosa instantánea.

- Sorprendentemente, la capacidad de reacción de éste para poder terminar su trabajo fue asombrosa, puesto que, en ese momento, sus mejillas, rojas como tomates,  chorreaban sudor a raudales. Por otra parte, observando su temblorosa barbilla, además de  un rostro completamente desencajado, todo hacia pensar que se encontraba al borde de un ataque de pánico. No obstante, manteniendo la compostura y mostrando sus mejores dotes como profesional, con sumo cuidado, muy lentamente, tomo la cámara con ambas manos, la colocó firmemente sobre su robusto trípode y, tras observar durante breves segundos a través del visor, con objeto de asegurarse un perfecto encuadre, fijó su dedo índice sobre el disparador y, sin dudar un sólo instante, lo pulso.

- ¡Ya está!, grito el exhausto  retratista.

Al fin, ...al fin, ya teníamos la tan ansiada y laboriosa foto de grupo.

- Dígame Ernesto - me interrumpió el doctor -, su señora, al colocar sus camisas en el armario, ¿lo hace teniendo en cuenta algún tipo de orden?.

Me sorprendió la pregunta. Por un momento, me dio la impresión de que todo lo que le había relatado sobre aquellos angustiosos momentos, no era importante para él. Aún así, le contesté, sin duda, esperando sus sabios consejos:

- Pues, la verdad doctor, simplemente las cuelga, agrupadas por colores, creo que, ...sin fijarse mucho en el orden de estos...

- ¡Mal hecho! - exclamó enérgicamente y levantando la voz -. Las camisas, aparte de colgarse muy bien planchadas y sobre perchas, todos ellas, desde luego, del mismo color, además de eso, le digo, se ha de hacer de derecha a izquierda, desde el rojo y sus tonalidades hasta el violeta y las suyas. Esa es la distribución en el espectro electromagnético, es decir, en el arco iris. Es la correcta disposición. Existen estudios científicos serios, realizados por auténticos expertos mundiales, que avalan esta teoría.

- ...Ufff, ...bueno, ...verá doctor Barral - le contesté manteniendo la respiración -, no lo sabía y, dudo mucho que Celeste esté al corriente de eso. Sin duda alguna, así se lo haré daber.

Paco Fernández