jueves, 25 de diciembre de 2014

27. LA ENSEÑANZA


A pesar del gran amor que siempre te he profesado,
jamás he percibido en ti
el menor resquicio de reciprocidad.
A lo largo de nuestra tormentosa relación,

tras duras y continuas frustraciones,
no supe verlo,
pero ahora sí, por fin,
no tengo mas remedio que admitirlo:

nuestra meta no avanzaba en la misma dirección,
hacia un objetivo común.
Es mas, ni siquiera avanzaba.

Tú, sin haber aprendido a querer, a querer de verdad,
con tu egoísmo, utilizándome vilmente,
solo eras capaz de amarte a ti misma,
a tu ego, huyendo de compromisos,
de obstáculos que te ligaran a mi,
a mi idea tradicional de pareja.

Lo que nunca me había imaginado,
la manera de concluir nuestra historia:
ni siquiera diste la cara.
Escondida, te comportaste de forma cruel y cobarde,
comunicándomelo - el final - por WhatsApp.
En ese momento,
aun desconocía la existencia de las relaciones de verdad,
de las bellas y sinceras,
de que, en un futuro próximo, me aguardaba una de ellas.

...¿Sabes qué te digo?.
No me arrepiento de nada.
Tu experiencia, me ha valido, ...y mucho, te lo aseguro.
Para valorar más a mi nuevo amor,
a quien me aprecia y me quiere por lo que soy.
De todo, de cualquier vivencia,
se puede obtener una enseñanza.
Lo inteligente, saber verla, discernirla.
...La enseñanza.


Paco Fernández

lunes, 22 de diciembre de 2014

26. CRÍMENES EN EL PALACIO

Ayer por la mañana, al alba, he acudido al cementerio. Se trata de una visita semanal que vengo realizando desde hace cinco años y que, normalmente, acostumbra a coincidir con el día en el que nuestro párroco, Don Severino, oficia una misa en recuerdo de los difuntos relacionados con aquel macabro y horrendo suceso.

El camposanto se ubica en las afueras del pueblo, a varios cientos de metros de la iglesia parroquial, comunicándose ambos por medio de un sinuoso y empedrado camino. Éste, discurre - durante una pequeña parte de su trayecto - por un lateral de El Palacio, actualmente desocupado. Los lugareños le llamamos así a una gran hacienda, compuesta por una amplia y abrupta extensión de terreno, en la cual, además de tierras de cultivo, se emplazan varias construcciones, hallándose algunas de ellas parcialmente derruidas. Toda la finca, se encuentra amurallada por anchas y pedregosas paredes de unos cuatro metros de altura, convirtiéndola, de este modo, en una auténtica fortificación. La última propietaria de El Palacio - hasta su trágica muerte - fue Doña Etelvina, que Dios la tenga en su Gloria.

En las proximidades de la entrada al recinto se sitúa la edificación principal y más importante que, a decir de algunos de los más viejos del lugar, fueron testigos de su restauración siendo unos niños. Se trata de una grandiosa y señorial casa, estilo indianos, de tres plantas, convenientemente dividida en amplias y lujosas dependencias, decoradas todas ellas con exquisita distinción. Fue el único inmueble de la finca que ha sido habitado durante muchos años y cuyo estado de conservación permaneció impecable gracias a su frecuente y cuidado mantenimiento.

Delante de la casa, existe un amplio patio, en uno de cuyos extremos se levanta un cobertizo cerrado, utilizado para guardar un carruaje de época, – al parecer, de principios del siglo XIX -, junto con pasto que sirve de alimento para los caballos, cuyas cuadras se sitúan a pocos metros, entre el  pajar y unos alargados y cubiertos bebederos de piedra.

En la entrada principal de El Palacio, un enorme portón de madera da acceso al mismo, situándose en su parte más alta, en el centro, un imponente y llamativo escudo de armas tallado en piedra, fuertemente sujetado por gruesos y corroídos tornillos, dando, con ello, testimonio del paso del tiempo.

Al parecer, y gracias a unos documentos hallados por Don Severino bajo la sacristía, en la pequeña cripta del templo, - lugar de enterramiento de grandes benefactores y personajes ilustres -, se pudo saber que la construcción de El Palacio databa de principios del siglo XVII.
En el momento de producirse los crímenes, en agosto de aquel desdichado verano de hace un lustro, cinco eran los habitantes de El Palacio:

Doña Etelvina, la dueña y señora, no solo de El Palacio, sino también de una gran parte de las tierras del pueblo, – heredadas de sus antepasados -, por las cuales, los agricultores estaban obligados, mediante contrato, a pagarle anualmente un canon a modo de arrendamiento. Era una buena y honesta mujer, con un gran corazón. Alta, apuesta y culta, muy culta. Había sido educada desde muy niña en la capital, en un colegio exclusivamente para señoritas, las cuales pertenecían a familias acomodadas y de la alta burguesía. Aficionada a montar a caballo y a tocar el piano, a pesar de su estatus, Doña Etelvina, siempre se mostraba interesada por el estado de cada uno de sus vecinos y solía conocerlos a todos ellos personalmente y por su nombre.

Enriqueta, la cocinera. Una joven viuda, sin hijos, y cuyo marido había caído en el frente de Somosierra, al inicio de la guerra civil. Su cometido consistía en preparar la comida para todos los de la casa y, de forma excepcional, para algún invitado. Así mismo, se ocupaba del mantenimiento de las dependencias de la misma, ayudada una vez a la semana por Justa, una vecina, cuyo domicilio estaba próximo a El Palacio. Ambas mujeres, realizaban, el día que tocaba, – cada jueves -, una limpieza general a todo el inmueble. 

María, la gran alegría de El Palacio. Nacida, fruto de la relación de Matilde, - criada al servicio de la casa desde su adolescencia -, con un sargento de la Guardia Civil, casado y con tres hijos. Tras el alumbramiento de la pequeña, su padre se desentendió totalmente de las dos. La señora, se ofreció a ser su madrina para el bautizo, acogiéndola como a su propia hija, a la que siempre quiso con locura. Al poco tiempo, la madre enfermó de tuberculosis y, a pesar de trasladarse en  varias ocasiones al hospital para tuberculosos de Oviedo, situado en el Monte Naranco, falleció cuando su hija contaba tan solo dos añitos. Por su séptimo cumpleaños, Doña Etelvina, le regaló una muñeca de trapo a la que María decidió poner por nombre Telva, convirtiéndose esta, desde ese momento, en su mejor amiga y con la que era muy frecuente verla jugar.

Josín, el de “Pachuca” – apodo este, proveniente de su familia materna -, un desdichado muchacho, nacido, para desgracia de todos, subnormal, al cual dio refugio Doña Etelvina. Esta, le había prometido a su progenitora, mientras se encontraba en su lecho de muerte, que no se preocupase, que tuviese la total seguridad de que a su hijo nunca le iba a faltar de nada. Que viviría con ella, donde sería bien atendido y alimentado para el resto de su vida. Josín, era conocido por todos como un buenazo, muy inocente, una especie de “niño grande”. El y María congeniaban estupendamente, habiéndose creado entre ambos una gran complicidad, siendo uno de sus juegos favoritos el escondite. Para jugar a el, María utilizaba a menudo, un antiguo arcón de madera, colocado en su habitación, y que se encontraba decorado con bonitos y llamativos motivos, donde su amigo, raramente lograba localizarla.

Arcadio, el criado de la casa. Un hombre corpulento, sin cultura – pocas veces había acudido a la escuela, por lo que solamente sabía rubricar su propia firma, no sin cierta dificultad -, soltero y de carácter fuerte, a veces endiablado, que desde siempre se había ocupado de cultivar las tierras que se encontraban en El Palacio, así como de la limpieza y del cuidado de los animales. Igualmente, entre sus tareas, figuraba la de mantener en buenas condiciones para su uso el carruaje de caballos, utilizado en ocasiones especiales, para trasladar a Doña Etelvina y a algún que otro invitado de ésta. Arcadio, durante la guerra civil había sido llamado a filas, por lo que hubo de incorporarse y durante unos meses fue destinado al frente de Aragón, combatiendo y defendiendo enérgicamente Zaragoza, objetivo de gran importancia estratégica para el bando republicano. Tras la finalización de la contienda, regresó al pueblo, pero pocos meses más tarde se comenzaron a apreciar en él extrañas e incomprensibles conductas que con el tiempo se irían acrecentando. Todo se inició con la aparición de pequeñas manías y obsesiones, llegando a manifestársele más tarde ciertos comportamientos agresivos, incluso extremadamente violentos, especialmente hacia aquellas personas que no le daban la razón en determinados asuntos o, simplemente, no eran de su agrado. Don Antonio, el médico del pueblo, le recomendó a Doña Etelvina su traslado al Manicomio de la Cadellada, en Oviedo, para recibir allí varias sesiones de corrientes, - una especie de descargas eléctricas -, con objeto de tranquilizarlo y tratar así su dolencia. Pero ella, la señora, en desacuerdo con este tipo de prácticas – especialmente dolorosas para los pacientes -, se negó de un modo rotundo, esperanzada en que, a base de estar distraído, inmerso en las labores que tenía encomendadas en El Palacio, además de ser muy bien tratado y alimentado, su mal fuese remitiendo.

Aquel 24 de Agosto de 1.950,  festividad de San Bartolomé y patrono de nuestra parroquia, pasara a la historia como un día trágico para el pueblo.

Amaneció con una agradable y cálida temperatura, muy propia de la estación en la que nos encontrábamos. Un pequeño manto de bruma se extendía sobre las verdes praderas y pronto harían su aparición los primeros rayos de sol que, durante la jornada, prometía brillar en todo su esplendor sobre la comarca. Como sonido claramente perceptible, sin lugar a dudas, el fuerte oleaje del Cantábrico, al impactar sobre los acantilados costeros situados no muy lejos, pudiendo apreciarse en el ambiente un ligero y agradable olor a mar y salitre. Todo parecía presagiar el inicio de una alegre y divertida jornada festiva.

Justa, como cada semana, accedió a El Palacio a primera hora de la mañana con objeto de comenzar sus tareas. Le resultó extraño no ver a los caballos en los bebederos, ni a Arcadio – siempre tan madrugador -, realizando su trabajo en las cuadras. Cuando se disponía a entrar en la casa, algo llamo poderosamente su atención. A pocos metros de la entrada y arrimada a la fachada, había una vieja pala, la que más tarde se comprobaría que era la utilizada por el criado para recoger en el patio el estiércol dejado por los caballos. De ella pendía una gastada y mugrienta chaqueta. Al acercarse y verla más de cerca, comprobó con espanto como la herramienta se encontraba manchada de sangre, al igual que la prenda que de ella colgaba.

Temerosa de que alguna desgracia hubiese ocurrido durante la noche en El Palacio, se acerco con gran cautela a la puerta, llamando en voz alta a Enriqueta, – en dos ocasiones -, sin obtener respuesta. En vista de ello, gritó, con más insistencia si cabe, reclamando la atención de la señora, Doña Etelvina. Pero, nada. Lo único que durante unos eternos instantes pudo percibir fue un silencio sepulcral.
 
Asustada, abandono precipitadamente el lugar para contarle a su marido lo que había visto. Este, junto con varios vecinos, decidió ir y acceder al interior de la casa.

Pronto, muy pronto, salieron de ella horrorizados, afirmando haber hallado  dos cadáveres, el de la criada y el de la señora. Ambas mujeres, yacían muertas en la primera planta del inmueble en medio de sendos charcos de sangre. Por sus heridas, las dos habían sido duramente golpeadas y apuñaladas. Enriqueta, se encontraba en la sala, junto al piano, muy cerca de la escalera, tal vez, porque había pretendido huir de su agresor. Doña Etelvina, en su habitación, aun sin vestir, tendida sobre la cama y  boca arriba.

Pasado un rato y con la Guardia Civil inspeccionando la casa y sus alrededores, hallaron a la pequeña María en el interior de su arcón. Estaba en buen estado físico, aunque atemorizada, puesto que llevaba allí varias horas, desde el momento - según acertó a decir - que habían comenzado unos fuertes gritos, acompañados de ruidos horribles. Todo el tiempo, había permanecido echada, sin atreverse a levantar la tapadera de su escondrijo  y abrazada a Telva.

JosÍn, por su parte, apareció en el pajar, oculto entre aperos de labranza y el pasto que allí se almacenaba. Estaba fuera de sí, en un estado de continua agitación. Se negaba rotundamente  a abandonar su escondite. Solo cuando vio a María, accedió a salir. Nunca fue posible averiguar si  verdaderamente había sido testigo de lo ocurrido.

Desde un primer momento, todas las sospechas recayeron sobre Arcadio, por lo cual un gran número de guardias civiles a caballo comenzaron una exhaustiva batida por el bosque, lugar donde un vecino afirmaba haberle visto adentrarse apresuradamente y con sus ropas manchadas de sangre. Dos días más tarde, sin posibilidades reales de escapar, se dirigió a la costa, hacia los acantilados. Perseguido muy de cerca por los agentes y viéndose totalmente acorralado, al llegar a una zona llamada La Mortera, se despeñó, cayendo sobre las rocas y pereciendo en el acto.

Don Severino, se llevo a Josín a vivir con él a la rectoral pasando este a prestarle ayuda como monaguillo en la iglesia. El de Pachuca, desde el mismo momento en que ocurrieron aquellos desgraciados acontecimientos, se negó rotundamente a hablar. Solo se comunicaba gestualmente.

María fué recogida por una tía suya y trasladada a vivir a otra localidad. Años más tarde, durante una visita que hizo al pueblo y tras un emotivo reencuentro con Josín, este recupero de nuevo su habla.


jueves, 18 de diciembre de 2014

25. LA META

Por lo mas profundo de mis entretelas os lo aseguro. Cada uno de nosotros, en un preciso momento, hallará su lugar. Unos en el mar, otros en la carretera, puede que algunos en el trabajo,... Ningún ser humano fracasará en su llegada a la meta. Nadie puede hacerse el remolón eternamente. No nos está permitido. Nuestros huesos, nuestro cuerpo siempre va a dar a la sepultura. Ahí es donde, al fin, se hace justicia, todos nos igualamos.

PACO FERNÁNDEZ
 

jueves, 11 de diciembre de 2014

24. NAUFRAGIO EN EL MAR DEL NORTE

Navegábamos con viento recio de costado
a través de un Mar del Norte embravecido,
con rumbo al puerto belga de Amberes.


Solo dos meses llevaba embarcado en el White Castle,
mercante abanderado en Liberia y con tripulación española,
de 45.000 toneladas y 180 metros de eslora.


Me encontraba de guardia, en el puente,
durante aquella madrugada del Día de Nochebuena.


Debido al fuerte oleaje, observaba con atención,
no sin cierta tensión,
como la proa se elevaba y, durante su caída,
se hundía completamente bajo el agua,
dando la impresión, tras una fuerte zozobra,
de que el buque se dejaba engullir
por las misteriosas y profundas aguas del océano.


De pronto, me alarma lo que oigo
a través de Radio Exterior de España:


"Información de última hora:
según nuestro corresponsal en Londres,
debido a una vía de agua, el mercante White Castle,
se ha hundido en las profundas

y frías aguas del Mar del Norte.
Los equipos de rescate se dirigen en estos momentos a la zona
".


- Indudablemente, es un error, - pensé -
O, ...tal vez no, ¿quién sabe?.


Paco Fernández

miércoles, 3 de diciembre de 2014

23. ¡QUE NOCHE TAN LOCA!

Inspector, todo ocurrió muy rápido, casi sin enterarme. Créame, por favor, no lo había hecho antes, era la primera vez. Soy un hombre casado. Felizmente casado desde hace más de quince años. Además, un personaje con una trayectoria impecable y un futuro prometedor. A punto de ser proclamado primer ministro de este maravilloso país, el nuestro, el que Dios nos ha dado. Con tres licenciaturas, dos másteres y nombrado Honoris Causa por otras tantas universidades. ¡Cómo iba yo a poner en riesgo mi futuro de esta manera!. No es lo que parece, se lo aseguro. - Inclinando su cabeza hacia el inspector y bajando el volumen de su voz, casi susurrando -: Le rogaría que este asuntillo, ...está bien, tal vez, este pequeño desliz, no trascendiera. Si no, la verdad, puede que supusiese el final de mi carrera, los electores me darían la espalda,... También, podría dar por terminado mi matrimonio. Usted, ¿me entiende, inspector?.

- Si le entiendo, pero, repítame una vez más lo que paso, necesito oírselo de nuevo

Como le iba diciendo, después del trabajo, me pasé por ahí, por la sala Acapulco. Me lo estaba pasando de vicio. Yo, sinceramente, ¡maldita sea!, he de decírselo, después de unas copichuelas y con tanta chica alrededor, bailando y, ya sabe, ...con tan poca prenda encima. Uno, por muy feliz que sea con su esposa, no, no..., uno no es de piedra... Usted, ¿está casado, inspector?. ¿Entiende lo que le quiero decir?.

Si, si, ...prosiga. Estoy escuchándole con gran atención

Pues bien, ...como le decía, tras unas copas en la barra, para ponerme a tono, ¡estaba en mi salsa!, muy contento, disfrutando de la vista y moviéndome al son de la música, ...y, ¡que música!. Bueno, pues, ...en ese momento, justo entonces, cuando mejor me lo estaba pasando y mis hormonas estaban más revueltas que nunca, apareció. Apareció ella, inspector. ¡Maldita sea!. ...¿Puede creerlo?. ¿Por qué a mí?. Un buen ciudadano, que paga religiosamente sus impuestos y dedica su vida y todo su saber a los demás. ¡Dios mío!, no me puedo creer que me este pasando esto.

Le escucho, continúe, por favor

Me pidió que la invitara a una copa y así lo hice. inspector, ¿sabe usted? ...¡Soy un caballero!. Estuvimos hablando un buen rato. – Tras una breve pausa y echando un vistazo a su alrededor -, …¿Sabe lo peor?.

No, pero, …presiento que me lo va a decir

Pues que, la, ...la muy..., que, ...que coqueteaba conmigo al hablar, inspector, se me insinuaba. No hacía más que pasarse la mano por su larga melena. Y, ¡que melena, Dios mío!. La muy..., la muy... Algo, eso es..., algo debió echar en mi copa, porque no recuerdo mucho más. No sé cómo demonios termine en esa habitación. No me lo explico. Cuando me desperté, no sabía dónde me encontraba. Pronto comencé a recobrar la memoria y le aseguro que la recordé a ella. Pero, …abajo, en la barra. ¡Cómo iba a olvidarla!. Ese cacho de mujer no es de las que pasan desapercibidas. Ahora bien, no sé qué demonios hice ahí arriba, con ella. No me acuerdo de nada.

Bien, tras la sorpresa inicial, ¿qué fue lo siguiente que se le ocurrió?

Lo primero, buscar mis pantalones. No los tenía puestos, ¿sabe?. El caso es que, ¡vera!, no estaban, habían desaparecido de aquel cuarto, esfumados, como por arte de magia. En ellos tenía mi cartera y mi agenda, con, ...con mucha información que podría comprometer a personalidades importantes de este bello país. ¿No lo entiendo, inspector?. ¿Para que querría una chica así, “cañón” como estaba, tal alta y apuesta, mis pantalones?. ...Si, ni siquiera eran de su talla.

No estoy seguro. Lo único que sé es que, …fíjese ahí, en el hall. Parece que los chicos de la prensa ya se han enterado y vienen a hacerle algunas preguntas. Explíquese con ellos como conmigo. Lo ha hecho usted muy bien. Le he entendido todo. ...Y, le comprendo. Empiece por decirles lo de sus carreras, sus másteres, sus Honoris Causa,... Seguro que lo entenderán, igual que yo. Pero, para otra vez, mejor que piense con esa cabeza suya, la que tanto sabe, mucho mejor, …que con esas hormonas tan activas y su entrepierna.

PACO FERNANDEZ 

martes, 2 de diciembre de 2014

22. CUANDO LA MUERTE ACECHA

Todo sucedió a finales del mes de octubre, durante una fría noche, en la cual, la luna, se hacía sutilmente visible a través de las escasas nubes que cubrían el cielo, emitiendo tan solo, una exigua, apenas perceptible luminosidad.

Como si de un felino rastreando a su presa se tratara, y aprovechando que la oscuridad me permitía desplazarme con rapidez sin ser descubierto, de madrugada, me adentre en una extensa y abrupta zona de pinar y matorrales. Un viento huracanado y gélido soplaba intensamente, agitando con inusitada virulencia las copas de los arboles. A pesar de ello, y dejándome llevar por mi instinto y por mi larga experiencia como cazador, logre penetrar en lo que era considerado un bosque siniestro y misterioso, en cuyas entrañas, se habían llevado a cabo, años atrás, unos desgraciados acontecimientos nunca del todo esclarecidos, pero aun presentes en la mente de los más viejos del lugar. Ataviado con prendas de caza, y sin más compañía que mi mochila y mi rifle, además de abundante munición, el único y firme objetivo que perseguía era avistar a Matías y darle muerte.

El cazador
Tras varios meses ausente, este, había retornado al pueblo. Antes de su marcha, con frecuencia se le solía ver deambulando por las calles, revolviendo entre los contenedores de basura, en busca de algo que llevarse a la boca. Debido a su agresividad y a su mal carácter, sufría el rechazo y la desconfianza de todos. Preferíamos mantenernos alejados de él, al considerarle un ser conflictivo, de muy difícil convivencia.


Ahora, tras su vuelta, la gente estaba preocupada. Su extraña actitud, su comportamiento, nos hacia ser precavidos y mantenernos alerta. Desconocíamos sus intenciones. Había sido visto merodeando por determinadas zonas del pueblo, incluidos los alrededores de mi domicilio, ubicado en las afueras y, en cuyo jardín, solían estar jugando mis hijas durante sus ratos de ocio.

Al atardecer de aquel día, mientras mi esposa Laura y yo preparábamos la mesa para disponernos a cenar, Cristina, nuestra hija menor, se encontraba sola, correteando bajo los árboles frutales que se distribuyen por toda la finca. En ese momento, nos pareció oír unos suplicantes gritos de auxilio, que ambos, de inmediato, identificamos como de nuestra hija. Si, ...tras unos instantes de desconcierto, sin lugar a dudas, era su voz y parecía encontrarse en apuros. Salí de casa a toda prisa. Una vez en el exterior, al no verla, corrí en dirección a la parte trasera de la vivienda. Allí estaba, encima de ella. Pude verlo con absoluta claridad. Era Matías y jamás olvidare aquella espeluznante escena ni la expresión en el rostro de Cristina. Parecía muy asustada, totalmente aterrada. Su agresor, al percatarse de mi presencia, debido a los reiterados y sonoros gritos que emitía con objeto de ahuyentarle, por unos segundos, clavo en mí su perversa y malévola mirada. Al verse descubierto, sin posibilidades reales de culminar sus pretensiones, emprendió una rápida y precipitada huida en dirección a las montanas.

Me apresure a abrazar a mi pequeña que lloraba desconsoladamente. Su débil y frágil cuerpecillo de niña estaba frió y tiritando. La entregué en brazos a su madre y, al examinarla, pudimos comprobar que tenía la falda rasgada, además de algunos rasguños y pequeños hematomas en ambas piernas.

Una vez que puse este hecho en conocimiento de las autoridades locales, varios agentes de policía, acompañados de un médico, se desplazaron a casa para reconocer a Cristina y curar sus heridas. Ya bien entrada la noche, se llevo a cabo una asamblea en las escuelas, a la cual asistieron la mayor parte de los vecinos. En esta, se acordó formar una brigada y salir a primera hora de la mañana, con objeto de realizar una gran batida por los montes cercanos con la intención de capturar a Matías. Mi propósito, sin embargo, era otro muy distinto. Sin pérdida de tiempo, tomé mi equipamiento de caza y me puse en camino. Sospechaba donde podría encontrar su escondrijo. Durante el transcurso de una de las últimas cacerías, me había llamado la atención una vieja cabaña, en pleno bosque, utilizada anos atrás por los pastores para resguardarse del frío y la nieve durante los crudos inviernos que solían azotar la comarca. Se trataba de una pequeña construcción de piedra, sin ventanas, con una única puerta de entrada, cuyo tejado estaba hecho a base de ramas de árboles y, en la que aprecié ciertos indicios de encontrarse habitada.

Cuando conseguí llegar a dicha cabaña, me aposté a unos treinta metros de distancia, en un lugar que me permitía tener una buena vista de la entrada, a la vez que la densa maleza del lugar me mantenía oculto.

El bosque
Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a irradiar en todo su esplendor sobre la comarca, camuflado entre la espesura, adopte la posición de tiro. Tendido sobre el terreno, utilice mi hombro derecho y la mochila - convenientemente colocada -, como puntos de apoyo, con objeto de tener una mayor estabilidad y firmeza a la hora de apuntar y efectuar el disparo. Sabia, estaba convencido de que no podría fallar; solo dispondría de una única oportunidad. En caso de errar el blanco, no tendría tiempo para volver cargar mi arma y tirar de nuevo.


Como había supuesto, tras una paciente y no muy prolongada espera, Matías, se dejo ver. Salió de aquel escondrijo desperezándose. En ese momento, comencé a seguir cada uno de sus movimientos a través de la mira telescópica. No se mantenía quieto ni un solo instante, lo cual dificultaba mi trabajo. De todos modos, no deseaba arriesgarme. Debía esperar hasta estar seguro de tenerlo a tiro. Mientras, trataba de mantenerme relajado, evitando crear tensiones innecesarias, lo que podría provocar que no disparase ocasionando un impacto certero. Confiaba en mi destreza de experimentado y buen cazador a la hora de apuntar y dar muerte a mi presa.

De pronto, se detuvo a beber agua en un bebedero de piedra que se encontraba situado a poca distancia de la cabaña. Fue mi oportunidad. En ese preciso instante, debido a que se quedo prácticamente inmóvil, logre apuntarle de tal modo que su cabeza se situaba - perfectamente centrada -, en la mira. Sin ningún tipo de duda, le tenía a tiro. No existían posibilidades reales de fallo. Por alguna extraña razón, quizás debido a su instinto o a su olfato, volvió su mirada hacia mi posición, como si percibiese mi presencia. Ya era demasiado tarde. Aprovechando la oportunidad, muy suavemente pero con energía, presione mi dedo índice contra el gatillo, ocasionándose una estrepitosa detonación. Como consecuencia del disparo, un duro y violento retroceso golpeo con fuerza mi hombro, a la vez que el canon se elevaba unos centímetros.

Rápidamente, sin desprenderme de mi rifle, me incorpore y corrí. Corrí apresuradamente, como no recordaba haberlo hecho antes. Le encontré moribundo, tendido sobre un pequeño montículo de tierra y barro, con su hocico medio destrozado como consecuencia del balazo recibido y las patas moviéndose ligeramente, debido a los pequeños espasmos que su lenta agonía le estaba provocando. Ese fue su final, el de Matías, un perro establecido en el pueblo, que siempre había ocasionado gran número de problemas y altercados, del cual, nunca se conoció su lugar de procedencia. Está claro que, no sólo para las personas, se puede aplicar aquel viejo dicho, "quien mal anda, mal acaba". Si el destino existe, el suyo era morir de manera violenta.


PACO FERNANDEZ
 

21. EL RECUERDO DE UN AMOR

Desde tu triste y dolorosa partida,
ningún amanecer volvió a lucir.
Con tu ausencia sentida,
nada fácil se me hace vivir.


Asomado a nuestra ventana,
contemplo en la lejanía,
aquella bella y extensa serranía,
tantas ocasiones explorada.

Dichoso y honrado me siento,
al haber disfrutado de tu amor,
durante tantos bonitos momentos
vividos con gran fervor.

Instante único el del crepúsculo,
transito entre la noche y el día,
en el que tus recuerdos irrumpen,
añorando tu compagina.


PACO FERNANDEZ