miércoles, 2 de abril de 2014

17. FRANCO VIVE...


Llevaba más de 10 años trabajando para el SESPA, el Servicio de Salud del Principado de Asturias, ocho de los cuales, como médico de urgencias, con asistencia domiciliaria. Creía que en tan largo espacio de tiempo, había visto de todo. Pero, obviamente, estaba equivocada. Nada parecido a lo que nos tocó vivir el 20 de Noviembre de 2.005,día de un curioso aniversario.

Aquella tarde, recibimos en el centro de salud la llamada de una señora que afirmaba encontrarse mal; según ella, notaba su pulso muy acelerado y respiraba con gran dificultad. Además, vivía sola. Tras buscar su historial médico en la base de datos, pude comprobar que tenía 93 años y que unos meses atrás le había sido implantado un marcapasos. Por lo tanto, decidí, junto con una enfermera, desplazarme a su domicilio en una ambulancia, por si fuese preciso su traslado a un centro hospitalario.

Al llegar, ella misma, la señora en cuestión, nos abrió la puerta. Su aspecto era el de alguien menudo, frágil, ligeramente encorvada hacía adelante y apoyada en un bonito bastón. Con cabello ciertamente canoso y una agradable sonrisa, hablaba de manera muy suave y correctamente, sin titubeos. Parecía una persona muy entrañable. Caminando con cierta dificultad, eso sí. Pero, desde luego, nada hacía pensar que se encontrase con los problemas que me había comentado telefónicamente. De hecho, ni siquiera los mencionó. Más bien, daba la impresión de encontrase agradecida, aliviada, al ver que alguien había llamado a su puerta.

Tras entrar, accedimos al recibidor, un habitáculo con una forma rectangular y no muy grande, a pesar de lo cual, sorprendería a cualquiera lo que allí pudimos ver.

Frente a la puerta, una mesa de mármol, no muy alta, con patas de madera, aparentemente de castaño, gruesas y esculpidas. A ambos lados de ella, se encontraban, perfectamente colocados, sendos floreros azules, de cerámica, decorados con motivos religiosos de color blanco. Eran altos y las flores que de ellos sobresalían, bonitas, alegres y de vivos colores.

Delante de la mesa, se hallaba un gran cirio pascual, también decorado con distintos motivos, encendido. Parecía ser el causante de que en el ambiente se apreciara un agradable olor similar al incienso.

Tras el florero de la derecha había un robusto pedestal de mármol blanco, tallado. Y sobre este, un busto, nada menos que un busto a tamaño natural del que fuera durante 40 años Jefe de Estado en España, Franco. Aparentemente de bronce, con base de madera, puede que madera natural. En esta, en su parte frontal, incrustada, una pequeña plaquita metálica, en la que figuraba una inscripción rústica con el nombre de su autor.

En un espacio aparte pero en el propio recibidor, junto a la pared, bajo un enorme crucifijo, se encontraban un reclinatorio forrado, junto con un atril también de madera y sobre el cual se hallaba una Biblia, abierta, con las tapas de color rojo.

Para completar toda la parafernalia, como presidiendo aquel “altar”, lo que estaba sobre la mesa: un gran retrato del Generalísimo en sus mejores tiempos, con uniforme de gala y mostrando varias de sus condecoraciones.

- Pero señora, ¿no se encontraba usted enferma?, - preguntó Laura, la enfermera, mostrando un cierto enfado -

- …Bueno, hija. Sí, así es. …Pero, antes de que me miréis, os agradecería que pasarais a su excelencia el Caudillo, junto con todas sus pertenencias a otra habitación. Es muy…

Antes de que terminara, a Laura le pudo más su carácter, y comenzó a vociferar:

- ¡Esto es el colmo!. ¡…Lo que nos faltaba!. Ahora, además de curar enfermos, tenemos que cambiar de habitación reliquias de un muerto.

- No hija, no. – le increpó ella con voz suave pero dando la impresión de estar ofendida -. No es un muerto. El vive. …Y bien que VIVE. Pero no aquí, en la tierra, como nosotros. En otro lugar. ¡Ah…!, …demasiado misterioso para ti, ¿no?, ¡Ay, …esas entendederas…!. Cuando llegues a mi edad…

- Esa habitación es muy soleada – continuó diciendo, mientras señalaba el habitáculo de la casa contiguo al recibidor -, …y después de nada menos que treinta años en este lugar, en el hall, sin ventanas, a la sombra. ¡…Créeme hija!, estará mucho mejor ahí.

Sin poder dar crédito a lo estaba oyendo, decidí apartar a Laura a un lado para tratar de convencerla:

- Vamos mujer; ¡mírala bien!. Es una persona mayor y sola. El tiempo ya lo hemos perdido. Puesto que estamos aquí, démosle una alegría a esta buena mujer. Sólo nos llevará unos minutos.

Refunfuñando, pero accedió, no sin antes darme a mí una pequeña regañina:

- Está bien, …lo haré. Pero, porque tú me lo pides. ¡Hay que espabilar un poco!. Debes ser más dura de carácter. Si no, todo el mundo se aprovechará de ti. Todos te tomarán por tonta.

Poco a poco, eso sí, dirigidas y vigiladas de cerca por la señora, quizás temerosa de que algo se pudiera romper, fuimos pasando todos aquellos elementos a la otra habitación. Los colocamos tal como ella nos ordenó. Cada uno tenía que ocupar su correcto y justo lugar, además de estar orientado de una determinada manera. …Y no de otra.

Una vez que terminamos, nos dijo, desde luego, con un toquecito de ironía:

- Muy bien, hijas. …Ahora ya podéis mirarme. A ver cómo está mi salud…

Le ausculté y le comprobé la presión arterial.

- Está usted estupenda, como una rosa

- ¡Ay, hija!. Es gracias a él. El me hizo compañía todos estos años, - me contestó con lágrimas en los ojos, mientras señalaba el retrato del Caudillo -
 
FIN

Por: PACO FERNANDEZ