miércoles, 19 de marzo de 2014

15. EL FORD MUSTANG



Una traumática experiencia que me dejaría graves secuelas. Aún hoy me acompañan. A pesar de haber transcurrido más de diez años, continúo soportando horribles pesadillas y terrores nocturnos, lo cual me impide, en gran medida, utilizar mis horas de sueño para descansar. Ocurrió en Chicago, por aquel entonces, mi lugar de residencia, debido a mis actividades como consejero delegado de una importante multinacional relacionada con la automoción.

Ford Mustang GT, modelo de 1.999
Aquella noche, yo sabía perfectamente los grabes peligros a los que me enfrentaba. A pesar de ello, tomé la iniciativa de acudir a la cita por mi cuenta, sin la ayuda ni el amparo de nadie. Ni siquiera se lo comuniqué a la policía ni a mi esposa con la que, por cierto, me encontraba en trámites de separación. No obstante, era consciente de las horrendas consecuencias que tal decisión me podría acarrear. Siguiendo, pues, escrupulosamente las instrucciones recibidas, con toda la cautela y el sigilo posibles, me adentré en aquel turbio y peligroso suburbio a pocas horas de que un nuevo día comenzara a resurgir.

Un lugar aquel penoso, lleno de miseria, con muchas de sus casas prácticamente derruidas y las vidas que las ocupaban, en su inmensa mayoría, muy deshechas, quebrantadas, dedicadas a la delincuencia, al negocio del sexo y la prostitución, así como al tráfico de drogas y de armas. Un lugar en el cual la vida carecía de valor, en donde una simple mirada, un mal gesto, un saludo mal interpretado, podría hacer que terminaras tus días en el interior de la cámara frigorífica de cualquier morgue de mala muerte.

Sorteando pues cualquier contacto visual con cada persona, con cada grupo, con cada foco de luz que pudiera delatarme, de callejón en callejón, logré atravesar varias manzanas de calles, en silencio, en medio de la oscuridad, en dirección al punto de encuentro que me había sido indicado.

Con precaución, con gran cautela, no solo por lo que podría encontrar en mi camino sino también por la duda razonable de haber sido engañado y dirigirme hacía una muerte más que segura.

Pero, …¿y si no se trataba de eso, de un engaño?. ¿Y si en pocas horas regresaba a casa con la alegría de ver entre nosotros a mi pequeña, a mi querida Jennifer de 10 años, sana y salva?. Merecía la pena, estaba dispuesto a intentarlo, a pesar de los riesgos. Conforme me aproximaba a mi destino, a través de aquel infame lugar, notaba como mi ansiedad, mi nerviosismo, iba en aumento.

Cuando al fin se hicieron presentes los primeros rayos de sol, tras el alba, tuve la sensación de que había llegado, de que me encontraba en el punto acordado. Ante mis ojos tenía un amplio descampado, vacío, sin nada. Como único inmueble en pie, una sola edificación abandonada, con el techo parcialmente hundido y las paredes en parte resquebrajadas, además de contar, en lo que parecía su fachada principal, con un asta en cuyo extremo se encontraban enganchados los restos de una mugrienta bandera, formada por barras y estrellas. De ahí, saqué la conclusión de que tal vez, en su momento, se habría tratado de un edificio oficial. Quizás una comisaría de policía o un centro de recaudación de impuestos. Seguro que ahora sería utilizado por yonquis o traficantes para llevar a cabo allí sus sucios e ilegales negocios.

Chicago, una ciudad caótica
Explorando con gran cautela la zona, me percaté que en la parte de atrás de aquel desamparado edificio, se encontraba aparcado un vehículo, un vehículo que, curiosamente, me resultaba muy familiar. Desentonaba completamente con todo lo que se podía ver en su entorno. Se trataba de un Ford Mustang GT del año 1.999, plateado, brillante, aparentemente muy cuidado. Conforme me fui aproximando a él, observé en su parte trasera, a pocos centímetros de la matrícula, una pegatina con un logotipo. Se correspondía al logo de los “Chicago Bulls”, mi equipo de toda la vida, el equipo de baloncesto de mi ciudad, del cual era un acérrimo seguidor durante todo el año, en el transcurso del campeonato de la NBA.

De pronto, me pareció oír voces, voces angustiosas y suplicantes que salían de aquel auto, de aquel auto deportivo e impecable que allí se encontraba, en aquella zona desértica, en medio de la nada. Parecían gritos de un niño. …Y no cesaban. Según me fui aproximando, alcancé a distinguir a través de los cristales la imagen de una chiquilla, de una chiquilla rubia, de tez blanca y con una expresión angustiosa. - ¡Oh, ...no!. Pero, ¡qué demonios! …no es posible -. Se trataba de Jenni, de mi querida Jenni. Y, …alguien la estaba sujetando por el cuello.

- Papá, papá, …vete. Vamos, vete. Huye. Ten cuidado con el escalón -, gritaba sin cesar

- Pero, ¿qué estás diciendo?. ¿Qué escalón?. No veo ningún escalón

- El escalón, papá, el escalón. Ten cuidado. Despierta, despierta, no me dejes aquí, ¡ayúdame! -, insistía sin cesar

- No cariño, no. No te dejaré, no permitiré que alguien te haga daño -, le grité con insistencia

Logo de los Chicago Bulls
En ese momento, precisamente en ese instante, noté como una especie de escalofrío recorría todo mi cuerpo, además de sentir un fuerte e intenso dolor de cabeza que prácticamente estuvo a punto de hacerme desvanecer.

Poco a poco me fui reponiendo y, de improviso, pude percibir que alguien me sujetaba la mano a la vez que me decía:

- Cariño, estoy aquí. Te estoy esperando. Despierta. 
 
Intenté incorporarme y pude comprobar que me encontraba en una habitación, en una cama, aparentemente la de un hospital. A mi lado, la de quién me hablaba, la reconocí al instante, Alice, mi esposa.

- Y Jenni, ¿dónde está Jenni? -, le interrogué

- Cariño, descansa. Has estado en coma durante casi ocho días. Te caíste por las escaleras, ¿...no recuerdas? - , me respondió

- Sí, ¿…pero Jennifer?. Nuestra pequeña Jenni, ¿dónde está?. Se encontraba aquí, asustada y me llamaba -, le supliqué

- Cariño, Jenni, nuestra Jenni, …hace doce años. ¿No lo recuerdas?. En nuestro viejo Ford Mustang. Ibamos camino de Dallas, Texas. Tuvimos un grave accidente en el que falleció. Se nos ha ido al cielo, vida. Ahora trata de descansar. Tranquilo. Te pondrás bien.

FIN

Por: PACO FERNANDEZ

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