martes, 25 de marzo de 2014

16. UNA VIDA ELEGIDA


En Santo Domingo, en Oviedo, aún hoy son muchos los que la recuerdan con gran admiración y respeto. Han pasado unos cuantos años, pero su memoria permanece en la mente de todos cuantos la han conocido o tuvieron la posibilidad de tratarla. Era una mujer buena, de extraordinaria nobleza y sensibilidad, con una enorme capacidad de sacrificio y generosidad, entregada por completo, de forma altruista, durante los últimos años de su vida, hacia aquella causa, aquella lacra social que por entonces comenzaba a proliferar en su barrio. No debería haber terminado sus días así, de aquella manera.

Naturalmente, me estoy refiriendo a Dolores Artime García, conocida, especialmente por sus amigos – que fueron muchos -, como “Lola”. Su vida no transcurrió de una manera nada fácil. Hija de un antiguo sereno, despreciable, borracho y mujeriego, era la mayor de cuatro hermanos, un varón y tres mujeres. Su madre, una buena señora, pero analfabeta, sin pisar jamás una escuela, había sido aleccionada para soportar a un marido por encima de todo y estar siempre a su entera disposición, sumisamente, sin poner jamás en duda alguna sus actos ni sus decisiones. A diario, ella y sus cuatro vástagos, especialmente Lola por ser la primogénita, eran sometidos a todo tipo de agravios, vejaciones y palizas por parte del cabeza de familia.

Recuerdo muy bien el día de su boda con Manolo, una buena y honesta persona, vigilante de la antigua fábrica de armas. Yo fui testigo de aquel enlace, estaba allí. Era el monaguillo. Según parece, tras haber tenido un corto y atípico cortejo de pocos meses, durante el cual tenían que verse a escondidas – sin que su padre se enterara -, decidieron contraer matrimonio. Para ello contaron con la complicidad de D. Serafín, un bonachón y anciano cura, conocido de la familia del novio, y al cual hacía poco que el Sr. Obispo de la diócesis había asignado parroquia en una aldea cercana, tras el fallecimiento repentino de su anterior párroco.

La ceremonia religiosa se llevó a cabo el día de la Natividad de Nuestra Señora, el ocho de Septiembre de 1.945, al alba, en la vieja iglesia de aquel pueblo. El estado general del templo, una edificación de finales del siglo XVIII, era lamentable, mostrando aún signos evidentes de haber sido blanco de los intensos bombardeos llevados a cabo por los dos bandos enfrentados durante la guerra civil.

Allí, en el momento del casamiento, tan solo estuvimos presentes, además de los novios y el presbítero oficiante, el sacristán, o sea yo, y una prima de confianza de la novia, junto con su marido, que firmaron como testigos.

* * * *

Fruto de aquella unión, la pareja tuvo dos hijos, Mateo y Andrés. Con objeto de poder sacar adelante a la familia, el matrimonio se vio obligado a trabajar sin descanso durante largas y fatigosas jornadas: él, en la fábrica de armas y ella, ocupándose del cuidado de la casa y de los niños, además de coser y realizar arreglos de ropa por encargo.

Con el paso de los años y los hijos ya creciditos, además de disponer de una economía familiar ciertamente desahogada, Lola comenzó a gozar de un tiempo libre que hasta entonces le había sido negado. Tiempo libre que le permitiría emprender otra serie de actividades que anteriormente no había podido llevar a cabo, como, por ejemplo, estudiar o ejercer algún tipo de voluntariado.

Por aquella época – a finales de los años setenta -, comenzaron a establecerse en Santo Domingo y su entorno una gran cantidad de prostíbulos y clubes de alterne, lo cual, indiscutiblemente, hizo que cambiara de forma notable la imagen del que hasta entonces había sido un barrio obrero y tranquilo, dando paso a una zona de gran marginalidad e inseguridad, donde las reyertas y redadas policiales se producían casi a diario.

Muy consciente de toda aquella problemática, Lola sintió la necesidad de no limitarse a ser una mera observadora. Debía hacer algo, no quedarse cruzada de brazos. Dotada pues de una fuerte empatía hacía todas aquellas chicas trabajadoras del sexo, la gran mayoría muy jóvenes, optó por intentar “aproximarse” a ellas, tomar contacto con ellas de algún modo, incluso abordándolas en plena calle. Su intención no era otra más que ofrecerles la posibilidad de cambiar de vida, de tener otro tipo de ocupación, alejadas de todo aquel ambiente de prostitución y sometimiento. Incluso, en colaboración con varias organizaciones benéficas y diversas empresas, comenzó a buscarles trabajo y un lugar donde poder alojarse.

De este modo, Lola, Dolores Artime, comenzó a ser conocida, no solo en su barrio de Santo Domingo, sino en toda la ciudad. Paso a ser muy querida y apreciada entre las chicas que acudían en su ayuda, entre sus “protegidas”. Eran más bien pocas las que rehusaban su ofrecimiento. Su reputación y su buen hacer, pronto se extendería como la espuma. Pero esa fama de “buena gente”, de solidaria desinteresada, de buena samaritana, sería vista con gran recelo por parte de los chulos y empresarios del negocio del sexo, conscientes de que ponía en peligro sus intereses.

Por otra parte, entre Lola y algunas de las chicas se percibía una gran cordialidad, amistad diría yo, llegando a existir entre ellas una cierta complicidad, confiándole incluso, estas, abundante información sobre sus vidas, las de antes y las de ese momento, ya en Oviedo: lugares de procedencia, situaciones económicas de sus familias, dónde habían sido captadas, por quién, si les habían maltratado físicamente, … Todos estos y otros muchos datos, Lola los fue recopilando, anotando, con la intención de que, tal vez, algún día, podría escribir un libro sobre lo que representaba el negocio de la prostitución y sus graves perjuicios para una sociedad.

Siendo este hecho conocido – estas anotaciones – por aquellos que, en realidad, eran sus acérrimos enemigos, los empresarios del negocio del sexo, no es de extrañar que una gélida mañana, el 25 de marzo de 1982, Dolores Artime, Lola, apareciera acribillada a balazos en un frío y cutre callejón cerca de su domicilio. Ese fue su triste final. De todos modos, ella tuvo la vida que eligió tener, de entrega a los demás, primero a su familia y, luego, a “mis chicas”, como le gustaba llamarles, para ayudarlas a salir de aquel infierno, de aquel túnel en el que se habían metido o en el que las habían obligado a meterse. Su intención, además de ofrecerles esta ayuda, iba más allá: luchar con todas sus fuerzas contra aquella lacra, aquel cáncer social que estaba presente en Oviedo, en la ciudad a la que tanto quería y que le había visto nacer.
 
FIN

Por: PACO FERNANDEZ

miércoles, 19 de marzo de 2014

15. EL FORD MUSTANG



Una traumática experiencia que me dejaría graves secuelas. Aún hoy me acompañan. A pesar de haber transcurrido más de diez años, continúo soportando horribles pesadillas y terrores nocturnos, lo cual me impide, en gran medida, utilizar mis horas de sueño para descansar. Ocurrió en Chicago, por aquel entonces, mi lugar de residencia, debido a mis actividades como consejero delegado de una importante multinacional relacionada con la automoción.

Ford Mustang GT, modelo de 1.999
Aquella noche, yo sabía perfectamente los grabes peligros a los que me enfrentaba. A pesar de ello, tomé la iniciativa de acudir a la cita por mi cuenta, sin la ayuda ni el amparo de nadie. Ni siquiera se lo comuniqué a la policía ni a mi esposa con la que, por cierto, me encontraba en trámites de separación. No obstante, era consciente de las horrendas consecuencias que tal decisión me podría acarrear. Siguiendo, pues, escrupulosamente las instrucciones recibidas, con toda la cautela y el sigilo posibles, me adentré en aquel turbio y peligroso suburbio a pocas horas de que un nuevo día comenzara a resurgir.

Un lugar aquel penoso, lleno de miseria, con muchas de sus casas prácticamente derruidas y las vidas que las ocupaban, en su inmensa mayoría, muy deshechas, quebrantadas, dedicadas a la delincuencia, al negocio del sexo y la prostitución, así como al tráfico de drogas y de armas. Un lugar en el cual la vida carecía de valor, en donde una simple mirada, un mal gesto, un saludo mal interpretado, podría hacer que terminaras tus días en el interior de la cámara frigorífica de cualquier morgue de mala muerte.

Sorteando pues cualquier contacto visual con cada persona, con cada grupo, con cada foco de luz que pudiera delatarme, de callejón en callejón, logré atravesar varias manzanas de calles, en silencio, en medio de la oscuridad, en dirección al punto de encuentro que me había sido indicado.

Con precaución, con gran cautela, no solo por lo que podría encontrar en mi camino sino también por la duda razonable de haber sido engañado y dirigirme hacía una muerte más que segura.

Pero, …¿y si no se trataba de eso, de un engaño?. ¿Y si en pocas horas regresaba a casa con la alegría de ver entre nosotros a mi pequeña, a mi querida Jennifer de 10 años, sana y salva?. Merecía la pena, estaba dispuesto a intentarlo, a pesar de los riesgos. Conforme me aproximaba a mi destino, a través de aquel infame lugar, notaba como mi ansiedad, mi nerviosismo, iba en aumento.

Cuando al fin se hicieron presentes los primeros rayos de sol, tras el alba, tuve la sensación de que había llegado, de que me encontraba en el punto acordado. Ante mis ojos tenía un amplio descampado, vacío, sin nada. Como único inmueble en pie, una sola edificación abandonada, con el techo parcialmente hundido y las paredes en parte resquebrajadas, además de contar, en lo que parecía su fachada principal, con un asta en cuyo extremo se encontraban enganchados los restos de una mugrienta bandera, formada por barras y estrellas. De ahí, saqué la conclusión de que tal vez, en su momento, se habría tratado de un edificio oficial. Quizás una comisaría de policía o un centro de recaudación de impuestos. Seguro que ahora sería utilizado por yonquis o traficantes para llevar a cabo allí sus sucios e ilegales negocios.

Chicago, una ciudad caótica
Explorando con gran cautela la zona, me percaté que en la parte de atrás de aquel desamparado edificio, se encontraba aparcado un vehículo, un vehículo que, curiosamente, me resultaba muy familiar. Desentonaba completamente con todo lo que se podía ver en su entorno. Se trataba de un Ford Mustang GT del año 1.999, plateado, brillante, aparentemente muy cuidado. Conforme me fui aproximando a él, observé en su parte trasera, a pocos centímetros de la matrícula, una pegatina con un logotipo. Se correspondía al logo de los “Chicago Bulls”, mi equipo de toda la vida, el equipo de baloncesto de mi ciudad, del cual era un acérrimo seguidor durante todo el año, en el transcurso del campeonato de la NBA.

De pronto, me pareció oír voces, voces angustiosas y suplicantes que salían de aquel auto, de aquel auto deportivo e impecable que allí se encontraba, en aquella zona desértica, en medio de la nada. Parecían gritos de un niño. …Y no cesaban. Según me fui aproximando, alcancé a distinguir a través de los cristales la imagen de una chiquilla, de una chiquilla rubia, de tez blanca y con una expresión angustiosa. - ¡Oh, ...no!. Pero, ¡qué demonios! …no es posible -. Se trataba de Jenni, de mi querida Jenni. Y, …alguien la estaba sujetando por el cuello.

- Papá, papá, …vete. Vamos, vete. Huye. Ten cuidado con el escalón -, gritaba sin cesar

- Pero, ¿qué estás diciendo?. ¿Qué escalón?. No veo ningún escalón

- El escalón, papá, el escalón. Ten cuidado. Despierta, despierta, no me dejes aquí, ¡ayúdame! -, insistía sin cesar

- No cariño, no. No te dejaré, no permitiré que alguien te haga daño -, le grité con insistencia

Logo de los Chicago Bulls
En ese momento, precisamente en ese instante, noté como una especie de escalofrío recorría todo mi cuerpo, además de sentir un fuerte e intenso dolor de cabeza que prácticamente estuvo a punto de hacerme desvanecer.

Poco a poco me fui reponiendo y, de improviso, pude percibir que alguien me sujetaba la mano a la vez que me decía:

- Cariño, estoy aquí. Te estoy esperando. Despierta. 
 
Intenté incorporarme y pude comprobar que me encontraba en una habitación, en una cama, aparentemente la de un hospital. A mi lado, la de quién me hablaba, la reconocí al instante, Alice, mi esposa.

- Y Jenni, ¿dónde está Jenni? -, le interrogué

- Cariño, descansa. Has estado en coma durante casi ocho días. Te caíste por las escaleras, ¿...no recuerdas? - , me respondió

- Sí, ¿…pero Jennifer?. Nuestra pequeña Jenni, ¿dónde está?. Se encontraba aquí, asustada y me llamaba -, le supliqué

- Cariño, Jenni, nuestra Jenni, …hace doce años. ¿No lo recuerdas?. En nuestro viejo Ford Mustang. Ibamos camino de Dallas, Texas. Tuvimos un grave accidente en el que falleció. Se nos ha ido al cielo, vida. Ahora trata de descansar. Tranquilo. Te pondrás bien.

FIN

Por: PACO FERNANDEZ